Según encuesta reciente realizada por Pew Internet & American Life Proyect, el 51% de los encuestados afirman que les resultaría muy difícil, por no decir que imposible, renunciar a sus teléfonos celulares, mientras que si comparamos con los resultados de la encuesta realizada en el 2002, este porcentaje era del 38%.
Y eso lo podemos apreciar si caminamos por las calles de cualquier gran ciudad. El uso del teléfono móvil es algo así como consustancial a la anatomía del hombre contemporáneo. Es un addendum de la mano que sirve para unirla con la oreja.
Megan Young, un estudiante graduado de la Universidad de Baylor en Waco, Texas, expresó al respecto ”Cuando estoy teniendo una conversación con mensajes de texto y el servicio esta lento, es como si el mundo se fuera a terminar.” Y es que los teléfonos se han convertido en parte de la vida contemporánea, y sin ellos no podemos ni disfrutar de la modernidad ni resolver un por ciento importante de lo cotidiano.
Criterios de expertos señalan que el uso constante de los dispositivos de telefonía móvil aún no ha sido diagnosticado como una adicción. Sin embargo, algunos sostienen que de hecho debe de ser clasificada como una enfermedad similar a la adicción a las drogas, al alcohol o a los juegos de azar.
Y es que los teléfonos móviles no tan sólo proporcionan a sus usuarios el acceso constante a la información, sino que también nos hacen más exigentes y ansiosos, al no dejar resquicios para la excusa de perder una llamada, un e-mail o un mensaje de texto.
Los datos nos abundan en esta dirección si comparamos el por ciento de la población que recibían el servicio en el 2005 al ser este de un 13%, siendo en la actualidad superior al 85%.
Compulsivamente se habla, se juega, se envían y reciben textos, y no se puede prescindir de esto. Nos acercamos a la acepción médica de ludopatía. La vida cotidiana nos lleva a dependencias, jugar para entretenerse no resulta más nocivo que hablar o pagar las cuentas por el móvil.