El juego patológico se considera desde el punto de vista médico como un trastorno del control de los impulsos, relacionado con la parte del cerebro que se reconoce, a veces, como el "centro del placer" o vía dopaminérgica de la recompensa. Algo similar como puede ser la piromanía (provocación de incendios), la cleptomanía (robar sin necesidad) o las crisis de agresividad episódica e incontrolada.
La representación de un jugador patológico suele coincidir con la siguiente descripción: persona adulta, con antecedentes de alteraciones por adicción, bien sea a tabaco, alcohol, u otros, o con antecedentes de trastornos por ansiedad o depresión, con dificultades para adaptarse socialmente y para tolerar las frustraciones.
Y es que el juego en general es algo normal y deseable, cuando se constituye en adicción se convierte en enfermedad. De acuerdo con un estudio dirigido por Alec Roy, M.D., del National Institute on Alcohol Abuse and Alcoholism, la norepinefrina se secreta en condiciones de estrés o amenaza, de modo que los jugadores patológicos juegan para elevar sus niveles.
Otro acercamiento al tema nos lo da las consideraciones de Hans Breiter, codirector del Centro de Neurociencia de la Motivación y la Emoción del Hospital General de Massachusetts, el que señala que las "recompensas en metálico en un ambiente que reproduce un ambiente de juego produce una activación cerebral muy similar a la que se observa en un adicto a la cocaína al recibir una dosis."
Otro mediador químico de la actividad nerviosa, la serotonina, tiene al parecer un papel protagónico al evidenciarse que al encontrar deficiencias de este también pueden contribuir a una conducta compulsiva, lo cual produce adicciones, entre ellas las del juego.
Nada, que si de ludopatía se trata, estamos frente a una enfermedad como puede ser cualquier adicción, y no precisamente debemos actuar combatiendo el medio que la expresa sino la causa desde el punto de vista médico.